Hay miles de satélites orbitando la Tierra ahora mismo. Sin ellos, el mundo moderno dejaría de funcionar.
Cada vez que abres Google Maps, cada vez que tu banco procesa una transacción internacional, cada vez que un avión cruza el océano sin perderse, hay satélites involucrados. Son invisibles desde el suelo, pero son parte esencial de la infraestructura del mundo moderno.
Actualmente hay más de 10.000 satélites activos en órbita terrestre. La mayoría están en la órbita baja, a entre 200 y 2.000 kilómetros de altura, donde dan una vuelta al planeta en aproximadamente 90 minutos. Los satélites de telecomunicaciones, en cambio, suelen estar en órbita geoestacionaria, a unos 36.000 kilómetros, donde se mueven a la misma velocidad que la rotación de la Tierra y parecen inmóviles desde el suelo.
La gran transformación reciente es la llegada de las constelaciones de satélites de internet de baja órbita. Starlink de SpaceX ya tiene más de 6.000 satélites activos y ofrece internet de banda ancha en zonas remotas donde el cable nunca llegará. Amazon y otros están desarrollando sus propias constelaciones.
Pero el cielo tiene un límite. La proliferación de satélites está generando un problema serio: la basura espacial. Más de 27.000 fragmentos de objetos artificiales orbitan la Tierra a velocidades de 28.000 km/h. Una colisión puede generar una cascada de destrucción conocida como síndrome de Kessler.
Los satélites conectan el mundo. Pero también lo están llenando de un tipo de contaminación que no vemos y que, si no se gestiona bien, podría cerrar para siempre el acceso al espacio.