Estamos en medio de la sexta extinción masiva. A diferencia de las anteriores, esta tiene nombre y apellido: Homo sapiens.
En los últimos 500 millones de años, la vida en la Tierra ha sobrevivido cinco extinciones masivas. La más devastadora, hace 252 millones de años, eliminó al 96% de las especies marinas. Tardó millones de años en recuperarse.
Ahora estamos viviendo la sexta. Y a diferencia de los asteroides o los volcanes que causaron las anteriores, la causa esta vez tiene nombre: nosotros.
La tasa de extinción actual es entre 100 y 1.000 veces mayor que la tasa natural de fondo que existía antes de la expansión humana. Cada año desaparecen decenas de miles de especies, la mayoría sin ser siquiera descubiertas o nombradas por la ciencia.
Las causas son múltiples: destrucción de hábitats para agricultura y urbanización, sobreexplotación de recursos, contaminación, especies invasoras y el cambio climático, que altera los ecosistemas más rápido de lo que las especies pueden adaptarse.
¿Por qué importa? No solo por razones éticas. La biodiversidad es la red de seguridad de la vida. Cada especie cumple funciones en su ecosistema. Las abejas polinizan. Los buitres limpian cadáveres. Los árboles regulan el clima local. Los hongos descomponen la materia orgánica y nutren el suelo.
Cuando una especie desaparece, todo lo que dependía de ella se ve afectado. Los ecólogos lo llaman efecto cascada. Y cuando los ecosistemas colapsan, también colapsan los servicios que nos proveen: agua limpia, aire respirable, suelo fértil, clima estable.
Salvar la biodiversidad no es un lujo ecológico. Es una condición para nuestra propia supervivencia.