El planeta está cubierto de agua. Pero el agua que podemos beber es escasa, desigual y está bajo amenaza.
El 71% de la superficie terrestre está cubierta de agua. Sin embargo, el 97% es agua salada. Del 3% restante que es dulce, la mayor parte está atrapada en los glaciares y casquetes polares. Solo el 0,3% del agua del planeta está disponible en ríos, lagos y acuíferos subterráneos.
Ese pequeño porcentaje es el que sostiene toda la vida en tierra firme, toda la agricultura, toda la industria y el consumo humano de más de 8.000 millones de personas.
El acceso al agua potable no es universal. Más de 2.000 millones de personas en el mundo no tienen acceso confiable a agua segura. Las proyecciones son preocupantes: para 2050, la demanda global de agua podría superar a la oferta en un 40%.
El cambio climático está alterando el ciclo hidrológico. Algunas regiones reciben lluvias más intensas y concentradas, generando inundaciones. Otras se secan progresivamente. Los glaciares, que funcionan como reservorios naturales para cientos de millones de personas, están retrocediendo en todo el mundo.
La agricultura consume alrededor del 70% del agua dulce que usamos. Cultivos como el arroz, el algodón y la carne bovina son notoriamente intensivos en agua. Cambiar lo que comemos también es cambiar cuánta agua usamos.
El agua dulce no es infinita. Es, quizás, el recurso más estratégico del siglo XXI. Y estamos empezando a entenderlo demasiado tarde.