En 2019, la humanidad vio por primera vez la sombra de un agujero negro. Fue un momento histórico. Y todavía no entendemos completamente qué son.
El 10 de abril de 2019, el Telescopio de Horizonte de Eventos publicó la primera imagen de un agujero negro: una sombra oscura rodeada de un anillo de luz anaranjada brillante. El agujero negro en cuestión, llamado M87*, tiene una masa 6.500 millones de veces mayor que el Sol y se encuentra a 55 millones de años luz de la Tierra.
Un agujero negro se forma cuando una estrella masiva agota su combustible y colapsa bajo su propia gravedad. La materia se comprime en un volumen infinitamente pequeño, creando una singularidad donde las leyes de la física como las conocemos dejan de funcionar.
Lo que define visualmente a un agujero negro es su horizonte de eventos: el límite más allá del cual nada, ni siquiera la luz, puede escapar. Si cruzas ese umbral, no hay retorno posible. El tiempo mismo se distorsiona cerca de un agujero negro, fluyendo más lento a medida que la gravedad aumenta.
En el centro de casi todas las galaxias grandes, incluida la Vía Láctea, existe un agujero negro supermasivo. El nuestro se llama Sagitario A* y tiene una masa equivalente a 4 millones de soles. En 2022, el Telescopio de Horizonte de Eventos también logró capturar su imagen.
Los agujeros negros no son aspiradoras cósmicas, como a veces se los representa. Si el Sol se convirtiera en un agujero negro mañana, la Tierra continuaría orbitando exactamente igual. Lo que los hace fascinantes no es su destrucción, sino su capacidad de doblar el espacio, el tiempo y nuestro entendimiento del universo.